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“El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”.

POR Editorial

“…La para Míguez y apoya Julio Pérez. Se va delante Julio Pérez con la pelota esperando que se cruce Ghiggia. Julio Pérez sigue atacando. Pérez a Ghiggia. Ghiggia a Pérez. Pérez avanza, le cruza la pelota a Ghiggia. Ghiggia se le escapa a Bigode. Avanza el veloz puntero derecho uruguayo. Va a tirar. Tira. Goool, goool, goooool, goooooool uruguayo…”

Las palabras de Miguel Solé, locutor radial de la época, llegaban a Montevideo y explotaba la alegría a 2,349 kilómetros más allá. No en donde todos lo esperaban, no en Brasil. No en donde todo estaba preparado para festejar. Ghiggia diría años más tarde parado en el gramado mismo del Maracaná “Solo 3 personas silenciaron este estadio: Juan Pablo II, Frank Sinatra y yo”

Y era cierto. El silencio en el minuto 34’ del segundo tiempo de aquella “no final” fue tal que hasta los mismos uruguayos se asustaron pensando que algo había pasado. Y la verdad es que para los brasileros en las tribunas había sucedido lo peor. La celebración para la que se habían preparado durante meses acababa de esfumarse, desapareció.

En aquel tiempo, no se jugaba una final como la conocemos hoy. El campeón sería definido por un cuadrangular con los 4 primeros de cada grupo. Brasil dejó en el camino a Suecia, Yugoslavia y México y clasificó invicto en el primer lugar. Uruguay solo había tenido que vencer a Bolivia, en el histórico grupo de 2 países. Escocia, India y Turquía, renunciaron al mundial y la FIFA después de varios intentos de llenar los cupos con invitados que no aceptaron, decidió organizarlo con 13, teniendo que dejar a un grupo de 3 y otro de 2.

Brasil era el favorito a ganar la “no final” y Rio de Janeiro era una fiesta antes de la fiesta.

El Diario do Rio titulaba “O Brasil vencerá, a copa será nossa”, O mondo titulaba “Brasil Campeao mundial de Futebol 1950”. El carnaval se adelantaría y saldría a las calles. 500 mil camisetas estaban impresas con la frase que esperaban gritar “Brasil Campeao 1950”. En el colmo de la confianza se mandaron acuñar monedas con el nombre de los jugadores y hasta la orquesta de la organización recibió solo la partitura del himno de Brasil para tocarla al final del partido.

El favoritismo era tal, que hasta las autoridades Uruguayas se contagiaron. Horas antes del partido el seleccionado recibió la visita del cuerpo diplomático en Brasil alentándolos a recibir una derrota digna. Juan López Fontana, entrenador uruguayo, le pidió a sus seleccionados que jugarán defensivamente para evitar la humillación. Sin embargo, del derrotismo propiciado por la apabullante presión de los festejos adelantados, hubo un jugador que entendió todo al revés, porque su ánimo y orgullo le dictaban lo contrario.

Obdulio Varela miró fijamente a sus compañeros y dijo “Juancito es un buen hombre, pero ahora se equivoca. Si jugamos para defendernos, nos sucederá lo mismo que a Suecia o España”. Y así contra todo salió a jugar Uruguay, contra las 173.850  almas que abarrotaban el Maracaná. El estruendo era tal que algunos en la boca de cancha retrocedieron y Varela nuevamente habló “Muchachos los de afuera son de palo” y salieron a ganar.

El primer gol brasilero hizo explotar el estadio en el minuto 2 del segundo tiempo. Uruguay había soportado el vendaval toda la primera mitad. Lo que firmaba aquello que todos estaban esperando, Uruguay caería derrotada pero caería dignamente. Los petardos empezaron a sonar, la algarabía bajaba de las tribunas y se metía en la cancha golpeando el ánimo de 11 celestes que veían anochecer, siendo aún las 16hs.

Y otra vez Obdulio Varela y otra vez “el negro jefe”.

A sabiendas que el gol había sido lícito, se apresuró a reclamar una posición adelantada al juez, esto encendió los ánimos y enfrió el partido. Años más tarde Varela diría que si no lo hacía, los goleaban. Tras bajar la tensión y los ánimos el partido se reanudó unos minutos después y en el 21 del segundo tiempo Schiaffino anotó para Uruguay, rescatando las ganas pero no el campeonato. Brasil solo necesitaba empatar y era “Campeao”.

Para Brasil no era suficiente. La tradición mandaba que se ganara, que se goleara. El público no iba a conformarse. Brasil no podía ser campeón con un empate.

Los siguientes minutos trascurrieron como la primera mitad: Uruguay aguantando y Brasil presionando. Poco a poco en las graderías se instalaba la idea de ser campeón sin importar el resultado, un empate no estaba mal y así se encendió de nuevo el Maracaná, así se dió el marco de alegría y estruendo para que se configurara la peor derrota de una selección brasilera a decir de sus propios seguidores. En el minuto 34’, ese fatídico minuto del segundo tiempo, Ghiggia enmudeció al Maracaná hundiendo la Superball Duplo T en la redes de Brasil. En una foto del partido se puede ver el rostro de un defensor brasilero casi al borde del llanto y el mismo rostro se puede apreciar repetido en hombres y mujeres en las filmaciones de las tribunas.

Brasil perdía y Uruguay era Campeón y no “Campeao”

Minutos antes del gol, Jules Rimet se retiró a prepararse para el discurso de felicitación al “Campeao”, al regresar la historia del fútbol mundial había cambiado. El negro Varela no era un capitán, era un general, Ghiggia era un domador de fieras y Uruguay era una raza guerrera.

La copa se entregó sin gloria, la banda no supo que tocar, sólo 11 festejaban y 173.850 no. La Superball Duplo T, el balón de Brasil 1950, fue inventada para poder cabecear sin peligro. Esa tarde en el Maracaná, Obdulio Varela olvidaría la razón y diría: “El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”. Trasladando el carnaval a Montevideo donde, supuestamente, no tenía que estar.

Alex Arteaga L.

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